martes, 1 de mayo de 2018

Las Exposiciones Universales. Barcelona 1888.

Hola mis queridos lector@s de El Rincón del Sueko. La industria moderna no sólo ofrece productos baratos y de calidad uniforme, sino productos nuevos, inexistentes antes. Una dificultad consiste en darlos a conocer. Sin televisión, sin radio, sin teléfono..., la publicidad es una tarea difícil, limitada a la letra impresa.

Para dejar bien sentadas las ventajas y los adelantos de su industria la primera potencia del mundo del momento, Gran Bretaña,  realizó la primera Exposición Universal, en 1851. Durante la segunda mitad del siglo XIX, las exposiciones universales son el escaparate donde los países más avanzados rivalizan por mostrar las conquistas tecnológicas de última hora.

De Londres 1851 a Paris 1900, pasando por Barcelona 1888.

En el pregón convocando la Primera Exposición Universal —la londinense de 1851— el príncipe Alberto de Inglaterra se expresó sin equívocos: «Nos estamos acercando con mayor rapidez cada día al fin último de la historia, que consiste en alcanzar la unidad del mundo. No se trata de una unidad que borre las fronteras y anule los rasgos peculiares de las distintas naciones, sino de otra unidad que sea, por el contrario, la suma de aquellas diferencias nacionales y cualidades diversas».

A mediados del siglo XIX, la división internacional del trabajo se ha convertido en el motor del progreso económico. Cada país debe especializarse en la producción de aquellos artículos para los cuales está mejor dotado. A los unos —la mayoría— les corresponde la oferta de materias primas; a los otros —la minoría— les toca producir las manufacturas. El comercio internacional es el vehículo encargado de hacer circular los excedentes. La desigualdad del intercambio, a favor de las potencias industriales, es la consecuencia de unas aptitudes superiores.

La Exposición de 1851 es una secuela del Free Trade instaurado en 1846. En esta fecha, Richard Cobden había terminado de convencer a sus compatrioats de la conveniencia de aceptar los granos extranjeros como premisa para alcanzar la salida de las manufacturas autóctonas. Inglaterra, convertida en el taller del mundo, tiene necesidad imperiosa de vender. La venta exige publicidad.

El Crystal Palace, sede de la Exposición, será el escaparate de los fabricantes británicos. Para que se vean las diferencias, se admitirán productos de cualquier origen. Great Exhibition of the Works of Industry of all Nations. En la práctica, 9.730 expositores de las Islas frente a unos 7.300 venidos de fuera. Los primeros son los protagonistas; los segundos forman la comparsería. Dentro del Palacio, los anfitriones tienen la inmensa desvergüenza de exhibir, junto con las propias, las producciones de la India. Es una manera de disimular que la British Rule ha sometido la gran península asiática a un proceso de desindustrialización sin precedentes. Del antiguo textil hindú, tan floreciente antes, sólo queda la rama más etérea: la de los webs of woven air, los tules tejidos con aire.

El éxito de Londres 1851 fue sensacional. El efecto propagandístico de la muestra superó todas las previsiones. Más de seis millones de visitantes salieron del recinto prestos a difundir sus maravillas. Dos agencias de viaje, la Cook inglesa y la Reuter alemana consolidaron su existencia con el transporte de una parte del inmenso rebaño. La comunidad de las naciones no puede ocultar un doble sentimiento de admiración y envidia. Al otro extremo del Canal, los franceses acusan muy especialmente el golpe. La «grandeur» ve en Londres 1851 una provocación que no puede pasar sin réplica.

Grabado de la Exposición Universal de París de 1855.

El ocho de marzo de 1853, un decreto de Napoleón III decide que una segunda exposición universal se inaugure en París el primero de mayo de 1855. Para que no haya dudas el rótulo bajo el cual se anuncia copia literalmente el de la precedente: Exposition des produits de l'industrie de toutes les Nations. El rasgo distintivo de París 1855 será la inclusión de las Bellas Artes. Francia no tiene tanta industria para exhibir; en cambio goza del monopolio de la calidad y del buen gusto. La ampliación conduce al aumento del número de los expositores, pero no del de los visitantes.

El eco de la segunda exposición universal fue menor que el de la primera. A pesar de ello, el león británico, que no la había previsto, le prepara una respuesta definitiva. En el año 1862, Londres ofrece al público la tercera exposición universal, con la intención de que sea la última. Un nuevo triunfo... y un error de cálculo increíble. En vez de rendirse, el gallo francés responde a la contraréplica británica con la Cuarta Exposición, segunda parisina, de 1867. Excedida, Albión abandona la carrera que, con tanta arrogancia, ella misma había iniciado. No habrá más exposiciones universales en el Reino Unido.

El Rincón del Sueko - #rincondelsuekoLa retirada británica deja abierto un surco que las restantes potencias se dan prisa por llenar. Del 1867 al final de la centuria, la serie de las exposiciones universales se completa con Viena 1873, Filadelfia 1876 (centenario de la independencia americana), París 1878, Amberes 1885, Barcelona 1888, París 1889 (centenario de la Revolución para la que se construyó la Torre Eiffel), Chicago 1893 (cuarto centenario, con retraso, del descubrimiento de América), Amberes 1894 y París 1900.

A todos los efectos la última representa la culminación del invento: 83 millares de expositores y 48 millones de visitantes. Son cifras que marean. De hecho, París 1900 no es tanto la apoteosis de las exposiciones universales como la apoteosis de una ciudad, con el pretexto de una exposición. La visita al recinto donde se halla instalado el certamen es la excusa para la visita, infinitamente más atractiva, del nuevo París surgido de la reforma Hausmann, o sea del conjunto urbanístico más hermoso del mundo, ahora realzado y al alcance gracias a la luz eléctrica y al tren metropolitano. En 1900, el principio de las exposiciones universales es un principio desvirtuado y anacrónico. La prolongación de la serie a lo largo del siglo XX, una mera cuestión de inercia o de una simple operación publicidad de las ciudades que las albergan.

Barcelona 1888.

En la lista de las naciones organizadoras de las exposiciones decimonónicas se observan dos ausencias, las de Alemania y Suiza, y un intruso, que es España. Detrás del Reino Unido y Francia, el Imperio Austro-Húngaro, los Estados Unidos y Bélgica encabezaban, con el Reich alemán y la Confederación Helvética, el grupo de las potencias más avanzadas. Su protagonismo en el ámbito de las exposiciones universales no puede sorprender a nadie. Muy al contrario, la Exposición Universal de Barcelona corresponde a un país de segunda o tercera fila, sin nada de particular por exhibir.

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Arco de Triunfo: puerta de entrada al recinto de la exposición de Barcelona 1888

En Barcelona 1888, de los 12.223 «expositores» dos tercios eran españoles y el otro tercio extranjeros. De los españoles, la séptima parte correspondía a organismos oficiales y el resto a particulares.

La Exposición Universal de Barcelona fue una exposición pequeña que contó con una presencia extranjera especialmente reducida, excepto en el caso de Francia, representada por 1.881 expositores, tantos casi como los del conjunto de los otros veinte paises participantes.



La participación oficial fue muy poco importante siendo la producción catalana, por no llamarla barcelonesa, la que forma el núcleo del montaje. En rigor, la Exposición Universal de Barcelona hubiera podido llamarse Exposición Hispano-Francesa; con una punta de exageración, Exposición Catalano-Francesa. En la web de l' Ajuntament de Barcelona, dentro de su apartado de Historia de la Ciudad, hay un capítulo dedicado a la Exposición Universal de 1.888.

Cascada del parque de la Ciudadela

Poca cantidad y también poca novedad. En Londres 1851, la sugestión empezaba a la vista del Crystal Palace, un inmenso pabellón de hierro y vidrio, prefabricado y desmontable, proyecto de Joseph Paxton y modelo para la arquitectura industrial del futuro. En París 1855, el clou fué el Salón de la Maquinaria, compendio de la quinta esencia de los avances tecnológicos. De Londres 1862, el lector de Marx recordará su éxtasis ante una máquina americana capaz de cortar, encolar, plegar y cerrar trescientas bolsas de papel por minuto. París 1867 tuvo por vedette el motor de gas de Philippe Lenoir. Viena 1873

Para acabar, dejo un par de vídeos para ilustrar mejor el tema tratado hoy.




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